La muerte de Manuel Marulanda Vélez, Tirofijo, simboliza el cierre de un ciclo del conflicto armado colombiano. Su muerte, anunciada el día de ayer por el gobierno colombiano y confirmada por Timoleón Jiménez en un video publicado el día de hoy por algunos medios de comunicación de Venezuela, se produce en medio de la peor crisis de las FARC, resultado de la ofensiva militar desplegada por el gobierno colombiano durante los últimos seis años, con financiación y asesoría de Estados Unidos.
En los últimos dos meses las FARC perdieron a Tirofijo, Raúl Reyes e Iván Ríos, tres de sus máximos líderes. La capacidad ofensiva del grupo guerrillero se encuentra sustancialmente reducida, así como su capacidad de fuego y la moral de sus combatientes. Aunque no existen cifras oficiales, algunos reportes de prensa en los últimos meses han mencionado que las FARC habrían pasado de 18.000 combatientes hace seis años a unos 8.000 actualmente. Su aislamiento político internacional y el rechazo generalizado de la opinión pública colombiana, hacen que las FARC hoy se encuentren sin oportunidades para expresar un lenguaje que no sea el de los fusiles.
El máximo líder de las FARC en este momento sería Alfonso Cano, un guerrillero de origen urbano y con formación universitaria, pero con más de treinta años en la lucha armada. Él es desde hace ocho años el líder del Partido Comunista Clandestino y representa el ala política dentro de las FARC, por oposición a guerrera, liderada por el Mono Jojoy y Timochenko.
La pregunta que surge en este momento es cómo afectará la muerte de Tirofijo a una organización debilitada y que tenía en el mítico guerrillero a un factor de liderazgo, unidad y autoridad. Con mayor razón cuando Alfonso Cano viene resistiendo desde hace varios meses una cerrada persecución en el Cañón de las Hermosas y tiene al ejército colombiano respirándole en la nuca. Sin la muerte de Reyes, la transición del mando se hubiera producido de una manera natural, pero en las actuales circunstancias no parece muy viable que Cano consiga mantener la unidad de unos frentes cada vez más debilitados, aislados y asediados.
La otra pregunta tiene que ver con el momento para que el gobierno le abra una salida política a las FARC. Aprovechará el gobierno la coyuntura para ofrecerle a las FARC una salida política que no puedan rechazar? Entenderá el gobierno que es preferible ofrecer una salida negociada a unas FARC débiles y ad portas de una posible implosión, que buscar su destrucción definitiva al costo de su atomización en grupos aislados y la prolongación indefinida del conflicto armado? Es posible que el triunfalismo dentro del gobierno y el odio contra las FARC sea un obstáculo para encontrar salidas que sean menos costosas en términos de vidas humanas e inclusive económicos.
Durante las próximas semanas veremos si efectivamente estamos a las puertas de un cambio sustancial en la dinámica de la guerra, lo que significaría que por fin vislumbremos su final. Persistir en una estrategia militar centrada solamente en el conteo de bajas enemigas sería seguir el camino de las guerras tribales y desconocer las continuidades y discontinuidades que existen entre la política y la guerra.
El tema es obviamente muy gordo. En los próximos días profundizaremos.
Vía | Colombia Hoy



