Jugando con rumores que se han difundido extensamente en Estados Unidos de la mano de Internet, la revista The New Yorker, una de las mecas de la intelectualidad estadounidense, publicó hoy una polémica portada donde Barack Obama aparece como un islamista radical, junto a su esposa, quien aparece con un corte de cabello tipo “african look” portando un fusil. Todo esto se ve mientras estrellan sus puños en actitud de “lo logramos!”, en el salón oval de la Casa Blanca, con un cuadro de Osama Bin Laden en la pared y una bandera de los EE.UU. quemándose en la chimenea.
Curiosamente, la portada de la revista no refleja correctamente el contenido del artículo que respalda, donde se describe, simplemente, cómo se formó políticamente Obama en Chicago.
Los editores de la revista han intentado salir al paso de la polvareda que ha levantado su provocación en EE.UU. diciendo que en realidad lo que buscaban era hacer una sátira sobre el punto al que ha llegado la campaña sucia contra Obama, que ha cuestionado recientemente su patriotismo e incluso ha llegado a afirmar que el senador de Illinois venera el Corán, secretamente.
A esa campaña ayudó subrepticiamente, según se rumoró fuertemente en su momento, la extinta campaña de la senadora Hillary Clinton, cuando al parecer estimuló la publicación de una fotografía donde él, en ese momento un joven estudiante, lucía un turbante durante un viaje por Oriente.
Si hoy usted hace una búsqueda en Google de “Muslim Obama” encontrará 8.890.000 registros y 377 mil imagenes que se refieren en uno u otro sentido a Barack Obama como musulmán (cerca de la mitad de los registros que encontraría si busca “Christian Obama”).
Lo anterior para decir que la campaña sucia contra Obama ha sido maquiavélicamente exitosa, a lo que debe sumarse la cruel paradoja que significa la similitud entre el nombre Omaba y Osama, que llevó a que hace poco tiempo un periodista cometiera ese lapsus en una entrvista televisada en vivo y el directo, mientras lo entrevistaba.
Esto no pasaría de formar parte del folclore político, de no ser porque se produce en medio de una campaña decisiva para la seguridad internacional, toda vez que del resultado de las elecciones en los EE.UU. en noviembre próximo dependerá en buena medida la política exterior de ese país frente a focos de conflicto como Afganistán, Irak e Irán. Dicho de una forma más breve, los estadounidenses no están solamente ante la elección del presidente de su país, sino ante la posibilidad de profundizar la guerra y el conflicto o buscar caminos hacia la paz internacional.
La campaña de Obama lamentó la decisión editorial de The New Yorker al publicar esta portada. Causalmente, la campaña del republicano John McCain, salió en defensa de Obama, tal vez porque era lo políticamente correcto y el daño, que los beneficia, ya estaba hecho.
Hay que reconocer que se trata de una ilustración provocadora, que presenta de frente los temores que albergan algunos sectores estadounidenses. Tal vez la provocación sirva para poner sobre el tapete este tipo de campaña de desprestigio contra Obama y permitir que se corrijan ciertos prejuicios sobre Obama.
Pero tal vez sirva para todo lo contrario, como teme Obama. Para que se refuerce la idea de que él es un peligro para los EE.UU.
Alguien olvidó en The New Yorker que la sátira es un arte con el que no se debe jugar.




