La virulencia de algunos fenómenos naturales recientes ha revelado la debilidad de los protocolos de actuación de las administraciones ante situaciones de emergencia. Ocurrió con la nevada que paralizó Madrid, y su aeropuerto, el 9 de enero; con el vendaval que provocó el derrumbamiento del techo de un pabellón deportivo y la muerte de cuatro niños en la localidad catalana de Sant Boi el sábado, y con los apagones de luz, y la falta de agua, en el norte de A Coruña y Lugo desde que el ciclón Klaus azotó la costa gallega el último fin de semana. El espectáculo que han dado los responsables políticos no ha estado a la altura de la gravedad de los problemas. Más que analizar dónde se produjeron los fallos en la cadena de respuestas que han de coordinar entre sí las distintas administraciones (el Estado, las comunidades autónomas y los ayuntamientos), lo que han hecho sus responsables ha sido echar balones fuera y acusar a los demás.
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No basta pedir perdón




