Todos los efectos especiales imaginables, toda la capacidad histriónica del Estado, fueron puestos en juego a partir del 2 de julio de 2006 para imponer la percepción del juego limpio, la imagen de la honestidad, el valor (aspiracional, por supuesto) de la democracia. Simular un triunfo electoral, robar una Presidencia, reprimir a quien se opusiera a la toma de posesión: no fue casual el dislate de poner la banda presidencial, literalmente, en una manu militari ni las primeras decisiones calderónicas de sacar los Ejércitos a las calles y de colocar, en el palacio de Cobián, a un conocido apapachador de torturadores. En aquel momento el grupo en el poder simuló y robó, pero se quedó con las ganas de reprimir a una ciudadanía indignada, sí, pero no tonta, que supo encontrar en los cauces pacíficos el camino de su resistencia.
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Simular, robar, reprimir




