Con la absolución por falta de pruebas convincentes, la semana pasada, de los cuatro hombres acusados de participar en el asesinato de Anna Politkóvskaya, la justicia rusa ha vuelto a quedar groseramente en evidencia. Esta vez a propósito de un crimen político de enorme perfil internacional, probablemente el más notorio de los últimos años, cuyos ecos no se han extinguido desde que la combativa periodista -crítica por antonomasia de los excesos de Vladímir Putin en Chechenia- fuese asesinada al llegar a su domicilio moscovita en octubre de 2006.
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