Después de que la semana pasada la Audiencia Provincial de Madrid condenase a Iberia a pagar un euro a cada una de las tres personas sordas a las que se denegó el acceso a un avión en el año 2004 (en el siglo XXI para más señas) sentí una enorme satisfacción porque sé que ya no supongo un peligro para los pasajeros cada vez que monto en un avión y, lo que es más importante, mi dignidad como persona tiene un precio: un euro. Será que estamos en crisis y hay ciertas cosas que cotizan según los vaivenes del mercado.
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