¿Por qué unos cuadros cuyo centro es el absurdo, la vecindad imposible de las cosas, nos siguen cautivando? ¿Por qué un hombre con una manzana por rostro, una mujer desnuda mimetizada con el cielo y un peine tan grande como una recámara atrapan una y otra vez nuestra atención? ¿Por qué la cabeza de una escultura con…
Leer esta opinión en La Jornada | Javier Aranda Luna: Magritte y la belleza convulsiva
Etiquetas: México


